Si hay un factor que ha condicionado la vida política española en los últimos años, éste son los nacionalismos.
Hace un par de años discutí acaloradamente con un cargo político del PSOE con respecto a éste asunto. Entre referencias y alusiones tan pedantes como innecesarias, me comentaba el auge del nacionalismo se produjo con la llegada de Aznar, culpando contradictoriamente a éste por ser hostil, por un lado, y extender los derechos de las autonomías, por otro.
Cuando se elaboró la constitución, y con ese presunto espíritu de contentar a todos, se selló la defunción de España. Desde aquel día, los partidos nacionalistas comenzaron a utilizar el poder que les entregó la ley electoral para, llegado el momento, lograr la independencia de sus regiones. La idea nacionalista sirvió también para anestesiar a los ciudadanos con un discurso victimista y emotivo.
Esta situación se mantuvo hasta la llegada al poder del PP en 1996. Por aquel entonces, el nacionalismo era sinónimo de un “autonomismo extremo” pero no de independentismo, ya que la sociedad española todavía repudiaba este último concepto . A partir del año 2000, las cosas cambiaron de mano del PSOE. El entonces partido de la oposición decidió cesar a Redondo Terreros porque éste quería hacer, junto con Mayor Oreja, un frente común nacionalistas del País Vasco. Casi simultáneamente, el PSOE lavó la cara de ERC, y con ella la idea del independentismo anti-español, pactando con éste partido.
A partir de entonces, los socialistas podrían haber articulado un discurso de solidaridad o de fraternindad entre todos, y haber revertido el proceso. Sin embargo, optaron por agarrar también la bandera del independentismo en Cataluña y, más veladamente, en el País Vasco, y por plantear el juego democrático, como dijo Rosa Díez, como un ¿qué hay de lo mío?.
Las consecuencias de esta deriva, en principio propiciada por causas electorales, es que el Español que veía el independentismo como algo antinatural, antisocial, y perjudicial, hace 10 años, ahora lo ve con simpatía. Símplemente le llama federalismo.
En este contexto, imagino que, según convenga, se aprobará el Estatuto de Cataluña, que le da independencia para todo menos para elegir el presidente del gobierno que regirá el destino de la España que queda. Y después, con la oportuna entrega de armas de ETA, seguro que pasará lo mismo en el País Vasco.
El nacionalismo es el cáncer de España. Ha creado desigualdades, enfrentamientos, división, ha supuesto un despilfarro catastrófico de dinero, y es el principal obstáculo para nuestro progreso, ya que impide que todos rememos en la misma dirección.
A día de hoy, mientras escribo este último post, me pregunto si éste fenómeno es puramente económico-electoral, o si habrá algo más. Ya escribí en mi anterior post que en éste país pasan cosas muy extrañas, y que da la sensación de que muchos de nuestros políticos nos quieren hundir.
Siempre me quedarán esas dudas.
¿Le conviene a Europa una España fuerte?
¿Pactó España algún tipo de dependencia cuando se le concedió la entrada en la CEE?
¿A quién obedecen muchos de nuestros políticos?
¿Estamos llamados a ser el estercolero de Europa?
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Y aquí lo dejo.
Estoy tremendamente agradecido a los que habéis visitado este blog durante estos casi 3 años. Tanto a mis amigos, que sois muchos y muy buenos, como a esos anónimos que ocasionalmente se han pasado por aquí y han dejado algún comentario.
A partir de ahora, escribiré en otro sitio. No artículos, porque a mis 32 años me he dado cuenta de que no es lo mio, sino comentarios breves que, a mi entender, no deberían pasar desapercibidos.